miércoles, 24 de abril de 2013

Descubriendo el Verde Primavera

El Otoño pasado, viendo fotos recientes de la casa familiar, me sorprendió la verja de la entrada cuya luminosidad, viveza y alegría de su verde eclipsaba el resto de la foto y me era imposible dejar de verla una y otra vez... "Verde primavera, eso ponía en el bote de pintura con el que la pinté", me dijo el responsable de tal hazaña. Y ahí quedó la cosa.
Pasó el Otoño mientras mirábamos y volvíamos a mirar esas fotos y suspirábamos por un puñado de castañas junto a la estufa o un chocolate con bizcocho en Astorga. Vino el invierno -aquel húmedo y cálido Invierno de 2013- junto con la posibilidad de volver a esta maravillosa tierra, comer castañas y merendar chocolate en Astorga. Y llegó mi 21 de Marzo en el que la primavera parecía no querer asomar más que en forma de tímidas florecinas que nada más nacer sucumbían en la siguiente remesa de lluvias en aquellos Ajuncales empantanados... hasta que un día, de repente, la lluvia cesó.
Sí, la lluvia cesó y una tarde salimos a celebrarlo. El Sol brillaba con esa fuerza justa, templando, calentando pero no quemando tal y como sólo él sabe hacerlo al comienzo de la primavera. El cielo si ya era hermoso tan gris, tan blanco, tan plomizo en todos aquellos días invernales, se superó a sí mismo volviéndose azul, un azul tan azul, un azul tan limpio, un azul -por supuesto- tan hermoso. Una ligera brisa nos quiso acompañar, una brisa de esas que la sientes en la cara y sólo deseas seguir sintiéndola porque sabes que eso te está llenando de vida.
Y entonces ocurrió, en lo alto del Pico de las Cornieras, bajo ese protector cielo azul, sintiendo en la piel esas cálidas caricias del Sol y esos tiernos abrazos de la brisa, ahí estaba: EL VERDE PRIMAVERA.
Un verde que te atrapa, que te atrae, al verlo no puedes más que caminar hacia él... caminar no, trotar, correr, lanzarte ladera abajo, vadear riachuelos y charcos, alcanzar el camino y llegar cuanto antes esas pequeñas lomas de grandes campos de cereal recién nacido. Y una vez allí, situarte de forma que tus ojos sólo vean verde y azul: verde, ese verde primavera de la pendiente rebosante de briznas llenas de vida y azul, ese azul amoroso protegiendo y alimentando a sus rapacines.
Y así fue como aquel comienzo de Primavera de 2013 descubrí hasta la emoción el hermoso verde primavera... y cómo, gracias a él, disfruté de aquello que escribió Miguel de Unamuno con su sentimiento trágico de la vida y su hambre de inmortalidad: "Contemplando el sereno campo  verde  o contemplando unos ojos claros, a que se asome un alma hermana de la mía, se me hinche la conciencia, siento la diástole del alma y me empapo en vida ambiente, y creo en mi porvenir".

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