martes, 12 de marzo de 2013

Aquel húmedo y cálido invierno


Frío, mucho frío hacía por Madrid aquel Invierno de 2013; aburrimiento, mucho aburrimiento es lo que yo sentía en mi aburrida oficina por mucho que disfrutara de unas vistas privilegiadas desde aquella aburrida Torre de Cristal; cansancio, mucho cansancio me impedía dar más de mí en mi aburrido y frío trabajo... Cuando recibí una llamada: unos viejos amigos de esos de toda la vida me invitaban una semana a un pequeño pueblo cerca de los Picos de Europa (Riofrío, en León... me dijeron); sin pensarlo acepté ya que el plan era como "Los amigos de Peter" pero menos británico y más leonés. Acepté aunque más tarde me asaltaron dudas de si realmente merecía la pena pasar en el campo una semana en pleno invierno porque yo era de esos que pensaba que la Naturaleza sólo merecía la pena en primavera y verano... que en invierno la Naturaleza está muerta; así que una pizca de escepticismo eclipsó mi entusiasmo inicial por volverme a reunir con Peter y el resto de amigos de juventud.

No obstante, a mis 53 años y medio justos, aburrido y cansado y escéptico pero entusiasmado, ahí que me fuí dispuesto a pasar una semana fantástica... sí, sería mi Semana Fantástica como la semana fantástica que anunciaba El Corte Inglés en grandes carteles.



Y lo fue, ¡vaya si lo fue! y principalmente porque aprendí una gran lección. Mis dotes docentes son nulas pero he de reconocer que siempre he sido un buen alumno, de esos que aprenden rápido y bien.



En aquel pequeño pueblo resultó que ese Invierno estaba siendo húmedo, muy húmedo pero cálido, con una temperatura muy agradable para pasear. Así que la primera lección que aprendí fue que si quieres zambullirte en la Naturaleza cuando ésta se empeña en no dejar de llover, has de procurarte unas buenas botas de agua. Ahora que no nos oye nadie, os voy a confesar un pequeño trauma de mi infancia: siendo yo bastante pequeño, pasé unos días en el pueblo de mis primos; todos tenían botas de agua y todos chapoteaban por los charcos... todos menos yo que no tenía botas de agua. Nunca es tarde si la dicha es buena así que aunque tuve que esperar casi 50 años para superar este pequeño trauma, aquel Invierno me desquité, me compré unas buenas botas de agua de esas que venden en las ferreterías y creo que no me dejé ningún charco por pisar.



Una vez equipado yo con mis botas de agua, tuvimos la fortuna de seguir aprendiendo ya que un paisano se convirtió en nuestro Cicerone. Un tipo inteligente donde los haya, de esos que merece la pena conocer, orgulloso de su pasado bucólico y pastoril, humilde con sus vastos conocimientos académicos, campechano, atento, servicial, con ese halo de misterio y atractivo que rodea a aquellos que ya están de vuelta de todo pero que aun así le dan una oportunidad a la vida para que les sorprenda y seguir disfrutando de ella... bueno, así era el tipo que nos enseñó todo lo enseñable de aquellos valles y aquellas montañas. Con él aprendimos lo que era un adil, una buerga o un quiñón; él nos descubrió la hermosura de un cerro testigo y de unas "Garras del diablo" o "Bad Lands"; siguió con la magistral lección sobre los chanos (chanas, chanoleras y sus deliciosas variaciones) e incansable nos hizo contemplar aquellos dos tesos -caprichosa e irremediablemente atractiva sinusoide de la Naturaleza- para después invitarnos a subirlos hasta comprender qué eran... y os aseguro que costó alcanzar aquellas cimas pero el esfuerzo mereció con creces la pena. Gracias, muchas gracias.



Y cuando parecía que ya habíamos alcanzado el cielo, una especie de bruja buena nos regaló una última lección. Una mañana en la que caían pequeños copos de nieve mientras soplaba un poco de viento nos encontrábamos en uno de esos fabulosos paseos cuando, como si pasara algo, se paró en seco. "Vamos a darnos la mano" dijo; "Y cerrad los ojos" añadió. La magia, su magia, comenzó a aparecer... Al tiempo que sentimos la calidez de nuestras manos y con ella todo el cariño, respeto y ternura que nos tenemos, sentimos el frío viento y los gélidos copos en la cara; el silencio no era tal porque entre los murmullos del viento se colaban lejanos trinos de los pájaros; el olor era insuperable ya que olía a nada y a todo, a frío y a vida, a campo y a monte; tacto, oído, olfato... ¿y el gusto? "Esperad, tomad uno de estos caramelos... ya sabéis, mis pequeñas y dulces píldoras de coraje". Nunca había probado nada igual, era un caramelo de miel tan dulce, tan reconfortante, parecía un bálsamo capaz de curar cualquier dolor del alma a través de esa amorosa dulzura, era como un dulce beso de buenas noches de esos que te sosiegan de todo, hasta de tus miedos más secretos, como un dulce y eterno abrazo de esos que te inspiran un tímido pero anhelado coraje interior. Nos mantuvimos así unos segundos, o unos minutos, o unas horas, no sabría decir, sintiéndonos embriagados de Vida y Amor (sí, con mayúsculas)... hasta que muy lentamente fuimos abriendo los ojos y ante nosotros se extendía una llanura infinita, perlada de piedras de todos los tonos posibles entre el blanco y el gris pasando por toda la gama de marrones; a lo lejos, la silueta de unos preciosos robles desnudos junto a una encina solitaria, verde y hermosa; el cielo encapotado, gris, protector; y entre el cielo y la tierra, las montañas nevadas tan majestuosas, tan blancas, tan puras, tan bellas... He de confesar que no pude reprimir alguna lágrima ante tanta belleza... y no fui el único.



Así que sí, la gran lección que aprendí fue DISFRUTAR DE LA NATURALEZA EN INVIERNO con todo mi cuerpo y toda mi alma porque aprendí que en invierno la Naturaleza no está muerta sino dormida, aprendí a apreciar las infinitas tonalidades de grises y marrones con pinceladas de verdes oscuros, aprendí a comprender la hermosura de  esos árboles desnudos, aprendí a emocionarme viendo montañas nevadas, aprendí a disfrutar de la lluvia y los charcos, aprendí a vivir esa belleza tan bella que duele...



Mi Semana Fantástica fue eso, fantástica, y disfruté de todo esto... y bueno, también del queso de Valdeón, del vino del Bierzo, del chocolate maragato y de algún que otro placer terrenal que guardo para mí porque "lo que pasa en Las Vegas, se queda en Las Vegas" ;-).

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